21:30 hs. A la modesta Terminal de Rincón de Romos, llega un autobús de lujo: la mitad derecha de su parabrisas hecho una telaraña.
Quienes esperamos en la sala, pocos, vemos descender al conductor, sacudiéndose los últimos vidrios en su uniforme, para luego acercarse a la mujer de la taquilla y pedirle un número telefónico.
El hombre, desde su celular, llama a la Central de Aguascalientes y refiere que en el camino han atacado “el carro”, una pedrada. Ha dejado al pasaje en Ojocaliente (Zacatecas), temeroso de ser asaltado.
Ya todos observamos el frente del autobús, como quien busca entender una pintura cubista.
Seguramente le reprochan haber dejado a los viajeros, porque pasa el celular a la mujer y le pide “dígale usted misma para que me crean”.
Ella describe que hay un agujero mucho más grande que un puño y que poco falta para caerse todo el parabrisas. Devuelve el celular.
“No podía tampoco arriesgar al pasaje por los vidrios, que en el camino, con el viento, se desprendieran: pueden dañarles la cara, los ojos; ya me ha pasado y me metí en un pedo muy grande por eso”, añade el conductor.
Mientras tanto, un hambre abismal.
Por fin llega otro camión, el nuestro, servicio económico. Baja el operador y también le busca el sentido a la obra cubista. Luego entra a la sala. Se entera de los detalles.
- Házme un favor: ve a Ojocaliente por mi pasaje. Los de Aguas no me dan respuesta.
- Ya no traigo diesel, mano.
Tomamos los boletos y, no sin constatar que la mentada piedra sigue en el segundo escalón del autobús de lujo (una piedra que parece un gato dormido), abordamos nuestra unidad.
Toda suerte de teorías se desatan. Cerca de mi, dos señoras. “Yo vengo de Pinos. Sabemos que allá andan por las calles, sin que nadie haga nada”, dice una. Los narcos. La otra señora no responde, pero sus manos, que nerviosamente se entrelazan, dicen todo lo que piensa.
Sube nuestro operador y al fin nos retiramos de la Terminal, no sin repetir, a una mujer que le acompaña, todo cuanto su colega ha referido sobre el incidente.
La 45 norte, hacia Aguascalientes. Al interior, las luces apagadas. El operador sube al máximo el volumen al último disco de Pepe Aguilar.
El hombre se solaza galleando “El muchacho alegre” y “La Adelita”, entre otras bravatas. Enciende un par de luces neón. Combinado con los relámpagos que vemos por las ventanillas, aquello parece un congal.
22:00 hs. Estamos en el cruce de 2do. Anillo y Blvd. a Zacatecas. Luz verde en el semáforo, pero, inesperadamente, un grupo de ciclistas comienza a circular, de manera perpendicular. El autobús permanece sobre la línea peatonal.
El chofer baja el volumen (por fin). Un pasajero se pasa a la fila primera de asientos para ver con más detalle a los ciclistas.
- Chingo de batos- dice el chofer-, mire nada más: ¡son muchísimos!
- Ahí van familias enteras –dice el pasajero.
Era de ciegos no advertir el enorme contingente, pero un taxi dio la vuelta en 90° y pudo frenar a escasos centímetros de aquella serpiente sobre ruedas.
- ¡Mire ese cabrón! –dice el chofer-. No, mi amigo, si ese taxista hubiera golpeado a uno solo de esos ciclistas, yo sí me bajo y le parto su madre: ¡con lo que me gusta verlos sangrar, de la purita boca!
- ¿A poco no habrá visto el taxista a todos esos? –dice el pasajero, aunque sorprendido por los ánimos del conductor.
- ¿Pero quiénes son, oiga? ¿De ‘onde sale tanto?
- N-no sé cómo se llaman, pero cada mes se juntan. Quedan de verse en un punto y en el camino se les pegan los demás.
El semáforo ha intercalado el verde y rojo en varias ocasiones. Los ciclistas no dejaban de pasar ante nosotros: miles de ellos. La tardanza y el hambre comenzaban a desesperarme.
- Fíjese que eso es bueno –dice el chofer en un incongruente tono paternal-, para la salud de cada uno y para evitar tanto vicio, tanto delito…
- Y es que van de todas las edades, van familias entera –repite el pasajero.
- ¿Pero quiénes serán, cómo se llamarán? –insiste el chofer-. ¿Por qué no harán algo así en Zacatecas?
- Pues creo que se llaman… N-no me acuerdo. Pero, ¿no ve que en Zacatecas con tanta subida y bajada no se puede?
Luz verde, luz roja, el hambre, los miles de ciclistas.
- Ahí traigo una 9 mm. –dijo el chofer en un inesperado giro en su plática, señalando un compartimento en el tablero.
El pasajero guarda silencio, sin entender el nexo. Es entonces que me percato del acento sinaloense del conductor.
- ¿Vio la camioneta que se me emparejó en San Pancho? ¿La vio? –pregunta el chofer a su interlocutor.
El pasajero dice que sí mientras su cabeza gira negando.
- Esa camioneta que se me emparejó en San Pancho, se me emparejó ahí –señala la puerta del autobús- y me mostró un cuerno de chivo. Ai’ traigo esa 9 mm por si en una de esas me dicen que me detenga: yo les disparo, está cabrón, hay que protegerse, mi amigo. ¿Sí vio la camioneta, verdad?
El pasajero intenta dar un sí más convincente. Luego retoman el tema de los ciclistas. Quiénes son, cuántos son, a dónde van. Su pinche cantilena me enerva y estoy a punto de lanzarme sobre ellos y pedirles que se callen. Me incomoda ser el único que sabe el nombre de todos esos que no dejan de pasar y que me agudizan el hambre. Luz verde, luz roja. Quiénes son. N-no sé; n-no me acuerdo. Mire qué bonito, hasta bicis para dos. Luz verde, luz roja, automóviles pitando. Más ciclistas. Las mismas preguntas. Estoy al borde del asiento, ensayo una forma de callarles, me paso la mano por la frente: pero cualquier cosa que les diga generará más preguntas, las mismas.
Luz verde, luz roja, más ciclistas, el hambre, su cantilena.
Me levanto de mi lugar y a zancadas recorro el maldito pasillo oscuro. El pasajero me voltea a ver; el conductor, por el retrovisor, advierte mi rostro, azul o morado por las estúpidas luces de congal que trae. Y entonces le digo, casi a gritos: “¡ya terminaron de pasar!”.
Por fin, avanzamos.
Y no, no sé qué concha pasó con la mujer que acompañaba al conductor.