Je changerai la sève du premier olivier
Contre mon sang impur d'être civilisé
Responsable anonyme de tout le sang versé"

Ella le extendió su mano con cariño; él la mordió ferozmente.
...
Ella despertó al sentir un ligero temblor:
—¿Es tu corazón? —preguntó.
—Sí —respondió adormilado....
—No tengo nada que decir –me dijo mientras me arrancaba la lengua.
...
Lugar: Canal Interceptor, rumbo a Av. Universidad.
Tarde de verano.
La tarde iba lenta, mucho más lenta de lo que ya me tenía acostumbrada este verano. Mi pie derecho colgaba del tronco mientras las puntillas de mis dedos tocaban el río caudaloso como hace mucho no corría, su agua era tan fresca como la sombra de este árbol cuya curvatura evidenciaba sus años.
No había necesidad de ver, me placía más escuchar cómo las hojas mecían formando un canto, que engalanado por el trinar de los pajaritos haciendo su nido, llenaban el inmejorable ambiente.
Pasa del mediodía y el hambre hace presencia. Esperaba sus gritos de búsqueda llamándome para comer mientras secaba sus manos en el mandil… pero nunca llegaría la hora, ni el mandil, menos el grito. Papá no cocinaba, el luto no lo permitía.
El observador.
Una, dos, miles de gotas resbalan por su carita. Sorprendida extiende sus brazos y dando vueltas cual rehilete viviente, ríe y pega brincos sin sospechar que la observo cauteloso desde este rincón. Me atrae su candidez y esa sencilla sonrisa que envuelve el momento, su momento.
La lluvia hace escurrir el lodo ya impregnado en sus brazos desde semanas atrás. Supongo que en medio de su cotidianidad olvidaba la hora de asearse un poco, o quizás sólo esperaba que el mismo cielo fuera su regadera y mis ojos los testigos de ello.
Admiro su valentía, yo no deseo mojarme, mis patas suelen resbalar entre tejados y hoy los ratones no salen.
Augusto.
Desde el momento que lo conocí supe que era especial,
su caminar gallardo portando el azul pizarra a lo largo de su traje
no se veía en todos lados. Lo que no imaginé era que olvidaría mi aroma,
mis curvas y eso que tanto le inspiraba; ha olvidado aniversarios,
mi cumpleaños y el nombre de nuestro perro al que prefiere llamar “Huesos”,
y para no errarle siempre me dice “querida”.
A veces me pregunto si es justo pretender frenarle sus pensamientos
cuando él sólo cavila para crear ese cuento,
corto como mi uña, enorme como un dinosaurio.
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El humor será siempre el mejor recurso de escape (acaso sea mejor decir “refugio”) momentáneo a la zona de guerra que, por varios flancos, es la vida diaria. Basta observar por algunos minutos a los demás para encontrar situaciones que verdaderamente nos imprimen una sonrisa.
El Limerick es un género que, aunque poco frecuente en México, se presta muy bien a ello; y siendo yo, solo en ocasiones, observador, comparto dos (complemento cada uno con su breve explicación).
I
Aquel atleta en Villa San Francisco,
respondió cuando le dieron pellizco
sus morenos colegas:
“¡La empresa que me entregan,
lerdos! ¿Vigilar la guagua? ¡Soy bizco!”.
En efecto, eran cinco atletas de perfil maratonista, africanos a todas luces, que esperaban el autobús en el municipio de San Francisco de los Romo. Mientras cuatro de ellos se distraían observando las vitrinas de los comercios, el quinto, bizco y enfadado, era el único pendiente del arribo del automotor.
II
Un goloso despistado en Rincón
pidió precio del cuero por porción.
“Ocho el cuarto”, se oyó.
“¿Y el kilo?”, preguntó.
¿Ya ven? No hay en la gula educación.
Más allá de que el goloso no pudiera calcular el precio del kilo, lo cual por sí mismo tiene su comicidad, el punto es que su ilimitada gula desdeña la pequeña porción que es un cuarto y va, precisamente, por el kilo.
Saludos, divagantes.
El infumable José Luis Morales modula el tono y, mojigato, relata la llegada al municipio de Cosío de Juan Pablo II. Sus reliquias.
Por toda la 45 norte –voy a Rincón, en la combi- pequeños grupos de madrugadores se han apostado con globos en las manos, de vaticanos colores, para saludar al contingente que, se habían enterado, a las 5:30, más o menos, entraría al territorio del estado: puentes, retornos, pequeñísimas ermitas y entradas de granjas, todo puntillado en amarillo y blanco. Algunas señoras con rebozo a mitad del rostro: frente frío.
Llegamos a Rincón de Romos. Comenta el chofer: “sí hay gente muy creyente, ni pa’ qué (negarlo)”. Le respondo cualquier cosa.
Ciertamente los habitantes dedicaron la noche anterior al adorno de la calle principal, con motivos de plástico en diversas formas, alternando los colores referidos: los moños y otros adornos con forma de flor (no recuerdo a primeras el nombre de la específica flor), colocados en los marcos de las puertas, así como ponían antes herraduras; los pendones, situados preferentemente en postes y balcones; y lo que puede entenderse como cadenas, adheridos a los muros de manera tal que abarcan varias fachadas.
Pago el pasaje. Salgo de la terminal. Veo columnas de fieles, muchos con globos en mano, esperando el paso de las reliquias. Como siempre, opto por la calle paralela, rumbo a la oficina. A mitad del trayecto –esto es, a la cuarta cuadra- me saluda, siempre lo hace, el hombre bonachón y regordete que toma el sol por las mañanas: es más bien escasísimo en palabras y expresiones, pero esta vez incluso levanta la mano y apunta hacia el norte: “¡está llena la calle!”.
Cubro las cuadras restantes. Registro mi entrada. Me instalo en mi escritorio. El ventanal de mi oficina mira, con algunos metros de por medio, hacia el sitio de paso de Juan Pablo II. Introduzco la clave del correo y ya escucho los cohetones que anuncian el paso inminente. Algunos compañeros corren al muro, los otros ya están afuera desde hace minutos.
Una media docena de patrullas (tan fácil que es decir seis) anteceden a dos autos obscuros y, lo más esperado, a dos camionetas Mercedes-Benz en blanco y amarillo, con el escudo del Vaticano y que yo –recordemos que estoy en mi oficina- veo más bien vacías. Detrás, la camioneta del Morales y su equipo. Es todo. Unos niños, quizá de kinder y también con globos, corriendo en seguimiento al contingente. El helicóptero de la Policía da un par de giros y se aleja para sobrevolar la plaza e iglesia principales.
Minutos después, me aclaran con alguna dignidad: “no iban vacías: he visto las reliquias y una figura como de cera”.
Veinticuatro horas antes, me decían:
- Y mañana a levantarnos temprano. Va a venir el Papa.
- ¿El Papa?
- Pues ya ves que está muertito…
Transcurre mi jornada y me encamino de regreso por la calle principal, entre blanco y amarillo.
Desde hace unos días he tenido la sensación de caer profundo en el vacio y hoy fue el peor de esos días. Desperté temprano para hacer mis tareas a las 4 am, pero no las hice me quede acostado cubriendome del frío. A las 6 me levanté, me peiné y me fui a la universidad. Llegué tarde a la primer clase pero es irrelevante, la segunda es horrible y la tercera fue desmotivante, me sentí como hace tres años cuando no tenía sentido lo que hacía y eso que me llevó a dejar la carrera en segundo semestre.
Más que nada es suficiente para muchos que al ver el sudor de la madera refrescan sus mentes de vidrio con pedazos de cielo.
Yo no he nacido como todos, mis entrañas fueron tejidas en tus palabras y con cada uno de mis pensamientos tu has escrito en el libro, mi juicio.
El resplandor de una letra sin comparación; el sonido de una línea y el astuto silencio de un punto.
Canta como si no pasara nada
21:30 hs. A la modesta Terminal de Rincón de Romos, llega un autobús de lujo: la mitad derecha de su parabrisas hecho una telaraña.
Quienes esperamos en la sala, pocos, vemos descender al conductor, sacudiéndose los últimos vidrios en su uniforme, para luego acercarse a la mujer de la taquilla y pedirle un número telefónico.
El hombre, desde su celular, llama a la Central de Aguascalientes y refiere que en el camino han atacado “el carro”, una pedrada. Ha dejado al pasaje en Ojocaliente (Zacatecas), temeroso de ser asaltado.
Ya todos observamos el frente del autobús, como quien busca entender una pintura cubista.
Seguramente le reprochan haber dejado a los viajeros, porque pasa el celular a la mujer y le pide “dígale usted misma para que me crean”.
Ella describe que hay un agujero mucho más grande que un puño y que poco falta para caerse todo el parabrisas. Devuelve el celular.
“No podía tampoco arriesgar al pasaje por los vidrios, que en el camino, con el viento, se desprendieran: pueden dañarles la cara, los ojos; ya me ha pasado y me metí en un pedo muy grande por eso”, añade el conductor.
Mientras tanto, un hambre abismal.
Por fin llega otro camión, el nuestro, servicio económico. Baja el operador y también le busca el sentido a la obra cubista. Luego entra a la sala. Se entera de los detalles.
- Házme un favor: ve a Ojocaliente por mi pasaje. Los de Aguas no me dan respuesta.
- Ya no traigo diesel, mano.
Tomamos los boletos y, no sin constatar que la mentada piedra sigue en el segundo escalón del autobús de lujo (una piedra que parece un gato dormido), abordamos nuestra unidad.
Toda suerte de teorías se desatan. Cerca de mi, dos señoras. “Yo vengo de Pinos. Sabemos que allá andan por las calles, sin que nadie haga nada”, dice una. Los narcos. La otra señora no responde, pero sus manos, que nerviosamente se entrelazan, dicen todo lo que piensa.
Sube nuestro operador y al fin nos retiramos de la Terminal, no sin repetir, a una mujer que le acompaña, todo cuanto su colega ha referido sobre el incidente.
La 45 norte, hacia Aguascalientes. Al interior, las luces apagadas. El operador sube al máximo el volumen al último disco de Pepe Aguilar.
El hombre se solaza galleando “El muchacho alegre” y “La Adelita”, entre otras bravatas. Enciende un par de luces neón. Combinado con los relámpagos que vemos por las ventanillas, aquello parece un congal.
22:00 hs. Estamos en el cruce de 2do. Anillo y Blvd. a Zacatecas. Luz verde en el semáforo, pero, inesperadamente, un grupo de ciclistas comienza a circular, de manera perpendicular. El autobús permanece sobre la línea peatonal.
El chofer baja el volumen (por fin). Un pasajero se pasa a la fila primera de asientos para ver con más detalle a los ciclistas.
- Chingo de batos- dice el chofer-, mire nada más: ¡son muchísimos!
- Ahí van familias enteras –dice el pasajero.
Era de ciegos no advertir el enorme contingente, pero un taxi dio la vuelta en 90° y pudo frenar a escasos centímetros de aquella serpiente sobre ruedas.
- ¡Mire ese cabrón! –dice el chofer-. No, mi amigo, si ese taxista hubiera golpeado a uno solo de esos ciclistas, yo sí me bajo y le parto su madre: ¡con lo que me gusta verlos sangrar, de la purita boca!
- ¿A poco no habrá visto el taxista a todos esos? –dice el pasajero, aunque sorprendido por los ánimos del conductor.
- ¿Pero quiénes son, oiga? ¿De ‘onde sale tanto?
- N-no sé cómo se llaman, pero cada mes se juntan. Quedan de verse en un punto y en el camino se les pegan los demás.
El semáforo ha intercalado el verde y rojo en varias ocasiones. Los ciclistas no dejaban de pasar ante nosotros: miles de ellos. La tardanza y el hambre comenzaban a desesperarme.
- Fíjese que eso es bueno –dice el chofer en un incongruente tono paternal-, para la salud de cada uno y para evitar tanto vicio, tanto delito…
- Y es que van de todas las edades, van familias entera –repite el pasajero.
- ¿Pero quiénes serán, cómo se llamarán? –insiste el chofer-. ¿Por qué no harán algo así en Zacatecas?
- Pues creo que se llaman… N-no me acuerdo. Pero, ¿no ve que en Zacatecas con tanta subida y bajada no se puede?
Luz verde, luz roja, el hambre, los miles de ciclistas.
- Ahí traigo una 9 mm. –dijo el chofer en un inesperado giro en su plática, señalando un compartimento en el tablero.
El pasajero guarda silencio, sin entender el nexo. Es entonces que me percato del acento sinaloense del conductor.
- ¿Vio la camioneta que se me emparejó en San Pancho? ¿La vio? –pregunta el chofer a su interlocutor.
El pasajero dice que sí mientras su cabeza gira negando.
- Esa camioneta que se me emparejó en San Pancho, se me emparejó ahí –señala la puerta del autobús- y me mostró un cuerno de chivo. Ai’ traigo esa 9 mm por si en una de esas me dicen que me detenga: yo les disparo, está cabrón, hay que protegerse, mi amigo. ¿Sí vio la camioneta, verdad?
El pasajero intenta dar un sí más convincente. Luego retoman el tema de los ciclistas. Quiénes son, cuántos son, a dónde van. Su pinche cantilena me enerva y estoy a punto de lanzarme sobre ellos y pedirles que se callen. Me incomoda ser el único que sabe el nombre de todos esos que no dejan de pasar y que me agudizan el hambre. Luz verde, luz roja. Quiénes son. N-no sé; n-no me acuerdo. Mire qué bonito, hasta bicis para dos. Luz verde, luz roja, automóviles pitando. Más ciclistas. Las mismas preguntas. Estoy al borde del asiento, ensayo una forma de callarles, me paso la mano por la frente: pero cualquier cosa que les diga generará más preguntas, las mismas.
Luz verde, luz roja, más ciclistas, el hambre, su cantilena.
Me levanto de mi lugar y a zancadas recorro el maldito pasillo oscuro. El pasajero me voltea a ver; el conductor, por el retrovisor, advierte mi rostro, azul o morado por las estúpidas luces de congal que trae. Y entonces le digo, casi a gritos: “¡ya terminaron de pasar!”.
Por fin, avanzamos.
Y no, no sé qué concha pasó con la mujer que acompañaba al conductor.